Monday, July 05, 2010

Donde el sol realmente brilla y realmente quema

Eran eso de las 4 de la tarde. Brillaba.

En las puntas, los dedos ardían mientras las construía, las gotas de cera parecían de lava por unos segundos antes de secarse. El olor de las plumas volaba junto aquellas que no se adherían a veces y se esparcían en el aire apenas cualquier brisa.

Listas las alas amortiguaron el vértigo y en un brinco ya no se sentía parte de la tierra. Brillaba.

Planear era tan difícil como aletear. El Mar Caribe llevaba su ritmo y estaba lejos. El viento aunque difícil, estaba de su lado. Lo subían las corrientes de aire ligero junto a un halcón indiferente.

Arriba, todo el cuerpo hacía contorsiones acrobáticas y mantenía el vuelo. Todo brillaba: la costa, el mar por el reflejo.

El sol, tan cerca brillaba por encima de todo, tanto que tuvo que por un momento cerrar los ojos y los demás sentidos agudizaron: las gotas de cera sobre la espalda parecían de lava, las llamas hervían su sudor y el olor de las plumas se iba junto a ellas en el aire. El vértigo alejaba al cielo y acercaba al mar. La gravedad lo halaba a él junto a sus alas.

En el agua, aún no se sentía parte de la tierra. El fuego del sol ardía entre las fibras de las plumas flotantes y veía en ellas, al hundirse, claro el reflejo de sus luces.

A eso de las 5 de la tarde, según Ícaro, él y el sol aún brillaban.

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